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Observatorio Europeo de la Droga y las Toxicomanías
Informe anual 2004:
el problema de la drogodependencia en la Unión Europea y en Noruega
Uno de los principales obstáculos al diagnóstico y al tratamiento de la comorbilidad es el hecho de que el personal psiquiátrico generalmente tiene pocos conocimientos de los tratamientos en materia de drogas, mientras que los conocimientos de psiquiatría del personal especializado en dichos tratamientos suelen ser reducidos. Los paradigmas de las dos especialidades son bastante diferentes: uno se basa en las disciplinas médica y científica, el otro en los métodos y las teorías psicosociales. Asimismo, la filosofía de los servicios de salud mental se centra principalmente en la preservación de la seguridad pública, mientras que los servicios de tratamiento de la adicción esperan de sus pacientes motivación, hasta cierto punto, para asistir a los tratamientos. Estos puntos de partida diferentes a menudo imposibilitan una percepción global e integrada.
Tal como se ha manifestado anteriormente, los equipos psiquiátricos y los servicios de tratamiento suelen fracasar a la hora de identificar un número significativo de pacientes con comorbilidad. Cuando los pacientes con diagnóstico dual buscan tratamiento, sus síndromes psiquiátricos agudos suelen confundirse con síntomas inducidos por el consumo de sustancias o, por el contrario, los síntomas de la abstinencia o de una intoxicación se malinterpretan y se consideran enfermedades psiquiátricas. Los profesionales de la salud mental tienden demasiado a menudo a enviar a las personas que sufren comorbilidad a los centros de tratamiento de adicciones y el personal de estos centros los envía inmediatamente de vuelta o viceversa. La continuidad de la asistencia resulta imposible en estas circunstancias. Incluso cuando el diagnóstico es de comorbilidad, esto se suele pasar por alto en las intervenciones de tratamiento posteriores (Krausz et al., 1999). Lo mismo ocurre con los pacientes a los que se les diagnostican problemas con las drogas y que reciben tratamiento psiquiátrico, que no suelen ser objeto de intervenciones relacionadas con el consumo de sustancias (Weaver et al., 2003). Estas generalizaciones no excluyen, por supuesto, el hecho de que algunos servicios psiquiátricos y de tratamiento logran muy buenos resultados con pacientes comórbidos.
Asimismo, una vez identificados, los consumidores de drogas son recibidos con cierta suspicacia en los servicios psiquiátricos y puede que se les niegue la admisión, como puede ser el caso de los pacientes en tratamiento de sustitución que se mantienen estables. De forma similar, los pacientes pueden quedar excluidos de los tratamientos de drogadicción debido a sus problemas mentales. En España, por ejemplo, la mayoría de los servicios psiquiátricos excluye a los pacientes con trastornos inducidos por el consumo de sustancias y el personal de estos centros carece de formación adecuada. Una encuesta realizada entre psicoterapeutas austríacos reveló que sólo unos pocos están dispuestos a admitir a drogodependientes como pacientes (Springer, 2003). Desde Italia se notifica que no existen normas claras relativas al envío de pacientes de los servicios de tratamiento a los servicios psiquiátricos y que los centros de salud mental se muestran reticentes a admitir a estos pacientes por falta de experiencia. En Noruega, la remisión desde los servicios de bajo umbral a los centros de tratamiento psiquiátrico resulta complicada.
En Grecia, el 54 % de los programas de tratamiento en materia de drogas no admiten a pacientes drogodependientes con trastornos psiquiátricos. En los tratamientos residenciales libres de drogas llevados a cabo en Eslovenia, y también en algunos países, los programas de tratamiento exigen de los pacientes que estén limpios de drogas como condición previa a su admisión. En el caso de los pacientes con diagnóstico dual, esto representa un serio obstáculo, ya que la abstinencia absoluta requeriría el cese de otros tratamientos, lo que no siempre es posible.